viernes 2 de mayo de 2008

Las ganas

Hace seis días murió el abuelo y fuiste tú quien pegó las esquelas por los pueblos. Llevabas una lista e ibas tachando nombres: Valdefresno, Solanilla, San Cipriano. Hace siglos pasabas por esos sitios en una bici roja en la que volabas como Luke Skywalker en su nave espacial. Entonces tal vez los pueblos se llamaban Andrómeda, M74, Osa Menor, y tú no te fijabas en las esquelas de los tablones de anuncios. Todo un espectáculo, esos tablones. Muchos deberían estar ya en museos, como tu bici, que sabe Dios dónde andará. Hace siglos: cuando el abuelo tenía aquella voz y aquellas manos. Y cuando tú no habías manchado ni una sola página, ni falta que te hacía. Ahora pasas por aquí y vuelves a ver aquella casa en aquel recodo, justo entre Represa y San Cipriano, la casa que ya desde la bici roja veías a medio hacer y que hoy sigue a medio hacer, más pintadas, maleza, trastos oxidados. Pero al lado hay ahora una finca con manzanos jóvenes y en flor. Tú no los habrías plantado allí, pero alguien los plantó allí y dentro de unos meses comerá manzanas que quizá tengan un ligero sabor a herrumbre. Murió el abuelo y al día siguiente murió el hijo del abuelo, el padre y el hijo que llenaban de oscuridad y voces la casa del pueblo. De las esquelas se ocuparon otros esta vez, pero a ti te tocó elegir el ataúd. Entraste en una sala, te llevaron a un extremo y oíste: “La aseguradora les ofrece uno de estos cuatro modelos.” Tu primo dijo que a él no le gustaban los claros. Quedaban dos oscuros y tú dijiste: “Pues éste”, porque en el otro viste pretensiones de artista por parte del carpintero. Como si no tuviera derecho. Así que hace cinco días, sobre el cemento aún fresco del nicho del abuelo, metieron el ataúd que tú señalaste, uno sencillo y elegante. Y dentro estaba el hombre que te llevó a volar por primera vez. Fue así y no hay mucho más que opinar. Lo que te preocupa en este momento es dejarlo todo en orden, por si acaso. Y atender a tus propios manzanos, asediados por el pulgón. Pero como que te faltan ganas, fuerzas.

sábado 29 de marzo de 2008

M de Masoch

Vuelven los cuervos, vuelven los cuervos… ¿O son —eran— palomas negras? Pero esas alas, esos picos y graznidos, ¿no os conozco, no anunciáis un festín? Retorna enloquecida la bandada cuando ya no mirabas al horizonte, ¿acabó el invierno, por fin? Tú lo preguntas, tú que sales cada mañana a ver cómo brotan las flores del almendro, maldito... Te lo preguntas por amor a las formas y con el pecho de nuevo abierto, roto como se rompe la ropa cuando no se aguanta más, y sonríes con tierna lujuria: un auténtico viejo verde. Pero, ¿eso que desgarráis no es mi corazón, otra vez? Sí, sí que lo es, y te abres la carne para hacérselo más fácil y el dolor te hace llorar de dicha. Venid a mí, pequeñas, venid a mí y tomad, comed, y cada picotazo te hace más feliz, oh, pequeñas mías, mi dulce jauría, me habréis vuelto loco, pero nunca acabaréis conmigo.

viernes 28 de marzo de 2008

Gozne suelto

El sueño de hoy lo protagonizaba una predicadora. O tal vez vendedora de algo… Estabais en tu casa (se supone que tú la habías invitado a entrar) y cada vez que tú decías que no estabas interesado, ella respondía: “Sí, pero…” De su cara sólo recuerdas el contorno pulcro y moreno, y una expresión como de catequista (las catequistas suelen ser feas, o en todo caso deberían serlo, pero ésta no lo era).
No era su credo, o su mercancía, lo que te interesaba, desde luego que no, y sin embargo ella no parecía dispuesta a ceder. Así que pusiste cara de loco, diste un paso y dijiste:
—Lo que quiero es esa boca. Ahora.
—Oh…
Estabais de pie, en medio de la cocina. Aunque tal vez para entonces ya estuvieras despierto.
—Y quiero todo lo demás. Ahora mismo, aquí mismo.
—¡Oh…!

miércoles 5 de marzo de 2008

Primer recuerdo

Sospechas pero no sabes con certeza de dónde le viene a tu hijo ese miedo a que la grúa se os lleve el coche. Lo que sí sabes es qué fue lo que agravó ese miedo. Hace unas semanas tuviste que llevarle al pediatra. Le recetaron varios fármacos. Uno de ellos, el antibiótico, no lo tenían en aquel momento, pero te dijeron que en un par de horas lo conseguirían. Empleaste ese tiempo en resolver asuntos pendientes, cosa que nunca haces en compañía de tu hijo. Terminó cansándose, claro. Llegada la hora, os dirigisteis de nuevo a la farmacia, en coche y de camino de regreso al pueblo. A cincuenta o sesenta metros del establecimiento, había un sitio donde aparcar, es decir, un sitio donde no se podía aparcar, claramente prohibido. Pero serían sólo unos minutos, y en todo momento tendrías a la vista el coche. Al iniciar las maniobras, tu hijo, como hace siempre, te preguntó: “¿Este es un sitio bien?” Y tú le mentiste: “Sí, hijo, este es un sitio bueno.” Porque a los hijos hay que mentirles de vez en cuando. Bastante a menudo, en realidad. Convencido de que tardarías menos dejándole a él donde estaba, te aplicaste a convencerle para que te esperara en el coche: “Voy a ir a esa farmacia. Mira, esa de allí, ¿la ves? No tardo nada, tú quédate aquí tranquilo, ¿vale?” Etcétera. Al pequeño no le hacía ninguna gracia quedarse allí solo, pero accedió. Los hijos se esfuerzan a veces (bastante a menudo, en realidad) por complacer a sus padres. Cerraste el coche y corriste hasta la farmacia. Jurarías que no tardaste más de cinco minutos. Había algún otro cliente, pero tenías el coche a la vista. Pagaste con tarjeta, lo cual te retrasó un poco más. Y tal vez hubo un par de minutos, puede que incluso tres, durante los cuales no miraste a través del cristal, hacia el coche. Tres minutos, como todo el mundo sabe, es tiempo más que suficiente para que una de esas nuevas grúas haga desaparecer un coche mal aparcado. Finalmente saliste de la farmacia con el antibiótico. El coche seguía donde lo habías dejado y recorriste aquellos cincuenta o sesenta metros muy tranquilamente. Al llegar, a través del cristal, viste la cara que tenía tu hijo, la cara con la que te miraba tu hijo. Tal vez nunca ha habido en su rostro una expresión más próxima al terror. Sentiste pena, sí. Alarma, también. Pero no podrías negar que tuviste ganas de reprocharle su debilidad, su cobardía. ¿Es que no podía quedarse solo cinco minutos? Tal vez fue algo más… Seis, quizá siete minutos de agónica espera. Le preguntaste qué pasaba. “Vino la grúa.” “¿Qué?” “Vino la grúa y querían llevarse el coche.” Sollozaba, tenía hipo y, quizá, lamentaba que le vieras así… Quizá lamentaba no haber sido más valiente… Alguien debió partirte a cara en aquel momento, eso pensaste entonces y piensas ahora. Alguien, el policía o quien fuera, debió haberte esperado para explicarte, mediante el método de partirte la cara, que a un niño no se le deja así, solo, en un coche, en un sitio donde la grúa podría llevárselo. Aún tuviste jeta para dudar de lo que decía: “No puede ser…” Pero fue. Le pediste perdón. A los hijos hay que pedirles perdón de vez en cuando. Bastante a menudo, en realidad. Y poco a poco se calmó. Te gustaría ser capaz de olvidarlo, pero no vas a olvidarlo y por eso al final lo escribes. Te gustaría, sobre todo, que él lo olvidara. Pero tu hijo tiene cuatro años. Justo la edad, lo dice todo el mundo, a la que empiezan a formarse los primeros recuerdos.

miércoles 20 de febrero de 2008

Alma o diana (indiferencia de un llamado)

Más allá de la lamentable (ridícula) actitud de diana en la que nadie se fija, a la que nadie dispara, y de la penosa (id.) exhibición de quien dispone de una libertad que no ha de ser usada, la noche también concita poses de abandono natural, creíble. Por ejemplo, la de ese hombre que te escucha y se interesa, amable y tranquilo, como si en el local no hubiera media docena de chicas de las que estar pendiente. O la de esa chica que no para de hacer el ganso y que no forma parte de la media docena porque, bienaventurada ella, es fea, pero ríe y hace reír, y su risa es autosuficiente y envidiable como la flor de un cactus. También ellos cuentan entre los elegidos de la noche, que llama a muchos pero sólo se entrega a unos pocos, como el talento, como el reino de los cielos, como la perra de Babilonia. Y es bello advertir que nada se rompe y que la gastada insatisfacción se convierte en suave indiferencia ebria. Y que después de haberte encharcado hasta los codos puedes volver a casa vibrando con aquel dardo lanzado hace siglos, el arpón que sigue taladrando el centro de tu alma o diana o punto de detonación.

lunes 4 de febrero de 2008

Carnem levare

Para ti quisieras un disfraz de hombre impasible, y poder enmascararte de pronto, como Mortadelo, cuando sientes que se te escapan esos gestos que desconoces pero adivinas risibles, penosos. Cuando enamorarse otra vez es con aviso de escándalo, con rumor de tragedia, y tú sonríes. Y cuando enamorarse (otra vez…) es con asco de uno mismo, y sigues sonriendo. Cuando enamorarse otra vez (o sólo creer que está uno enamorándose, que podría suceder en cualquier momento) hace que estalle “la flor de mil pétalos”. Aquella flor de fábula. Y la miras con miedo, con pena, sin dejar de sonreír. Pero toleras esta furia carnívora y contenida de la bestia que aguarda su momento, hasta que se pase.

sábado 26 de enero de 2008

Nada que perdonar (al fin)

Volviendo a lo de Vicen: “Fumar o no fumar”, that is the question. Quiere decirse: viajar, leer, producir, madrugar, aprender, ir y venir, solicitar, esforzarse, planificar, subir y bajar, escribir, corregir, reescribir… O no hacerlo. Ahincarse contra el muro o ceder a la insistente llamada del dulce sofá; y también: salir a por tabaco y fumarse el mundo entero antes que volver, o renunciar para siempre a los tiernos quejidos del pecho roto. Pero no, no es esa la cuestión, ni mucho menos. Y no deberías lamentar que a tu pasión le haya tocado eludir el desgaste y convertirse en una “gran pasión”; como esas plantas monstruosas del invierno: hiela y hiela y ellas venga a crecer, a engordar, a llenarse de cintura y espinas. Como Newland Archer, tú también suplicaste: “¿No te irás? ¿No te irás?” Como él te arrastraste: “Sé mía una vez.” Otra. Y del mismo modo sentiste la juventud de los que te rodean como una dura condena: “Enterrado vivo bajo su futuro”. Dura y, sobre todo, larga. Y todo lo demás: celos, intrigas, despecho; confesiones, ruegos, advertencias. Y cartas, y hasta poemas. Todos los ingredientes de la trama. Pero no te arrepientes, y ya apenas te avergüenzas. Ahora, flash forward, empieza a ser posible el afecto, la ternura: la ausencia total de ambición. Y lo celebras imaginando que estrechas al amigo, a la amiga. Y cavando un hoyo. Así que vamos a procurar que también la vejez empiece ya, de verdad, y sea para ti, como para él, la única posible edad de la inocencia después del error, del errar, y que pronto ser y no ser consistan exactamente en lo mismo: dos errores veniales, intercambiables, he aquí la cuestión, y que la dignidad de la renuncia sea, además de una expresión risible, el estado inconcebible que una vez fue.